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El diablo esquizoide.


1. Canción sin sombras.

Asesino furiosos descansando sobre la hierba, alzan sus ojos al cielo y ven pasar las nubes desagarradas. El llanto del tiempo es ahora su cruel amigo, junto a ellos caminan y nadan sobre el río pestilente; el llanto del tiempo es ahora su enemigo y la calma de un ave que se regocija en las ramas de los árboles es un pedazo de cielo arrebatado al infierno. El llanto del cielo desgarra de pronto la cordura de los viandantes y la luz del sol colma de gracia a las flores que sobre el jardín yacen. La puñalada certera sobre el vacío del espacio es como esta canción sin retorno, sin curvas y sin orificios, delirio de volcán, incesante llamarada de la nube más roja y solitaria que habita el cielo. …El sol apareció de repente entre doradas nubes para besar al cielo y la madrugada más insaciable.

2. Doncellas y perros.

El lamento que circunda las orillas del océano es el lamento inexplicable de la doncella abatida... El dolor del cielo se riega sobre el pasto, lejos de ese lugar donde murió la doncella triste y solitaria… Vamos a jugar al bosque, allí las plantas nos hablarán sandeces y locuras y reiremos hasta morir, hasta alcanzar las estrellas. Los perros caminan ebrios por las calles y se besan en las aceras y discuten sus asuntos. Tranquilos van sin deudas, sin dolores, sin aflicción, descansan los perros a la deriva del asfalto y su dolor es ajeno al mundo. El sol cantará por nosotros, cuando la tierra infértil susurre sus pesares a los árboles vencidos.

3. Corazón silente.

Bailemos, hermano árbol, junto al rió moribundo; su canción marchita, que nos acompaña a las fauces del dolor, nos arrulla ahora y nos transporta a las raíces de las flores más hermosas. El color del cielo, color de tus ojos enarbolados en la bandera de la dicha, me llevan a ese lugar que no conozco pero que se vivir con los brazos cansados y las piernas mancilladas. De tanto andar estoy cansado y ahora me echaré en una banca a ver a las palomas comer lo que les tiran… Dulce canino que descansas a la sombra de un árbol, inunda mi tristeza con tu canción hecha cenizas, una canción de miseria tristeza y dolor sangrante… Ya es de noche, la luna me besa los parpados cerrados tras la ventana, tras el silencio, junto a la flor marchita que descansa en el jardín olvidado… En silencio están las aves y la bruma las acaricia hasta llevarlas a la paz… Tristeza en mis ojos y en mi corazón silente.

4. Caballos.

La noche descansó junto a una estrella, la estrella le besó el cabello y acarició sus parpados cerrados; la luna vino a jugar con ellas pero yacían dormidas y no querían abrir los ojos hasta la mañana, hasta el día siguiente, ese día en el que verían pasar al caballo de fuego cual bravo e indómito clamor del aire. Un caballo negro se acercó  a la noche, le besó los parpados, le beso el cabello; la luna quiso acercarse, la luna quiso despertarlos, me refiero a los caballos, a esos caballos quiso verlos galopar hasta el final de sus tristes canciones. Pero estaban artos, los caballos estaban artos de galopar hacia el océano, así que se echaron a dormir con la noche. Las manzanas cayeron del cielo y los caballos se alimentaron hasta saciarse, la luna desperdició un último lamento y las estrellas murieron con la brisa y con las flores más iracundas y coloridas del jardín de la muerte.

5. Entrañas.

Había una vez, una canción arrojada al triste olvido del valle sin rostro, esa canción murió, murió de esperar a la estrella que habría de consolarla en su fuego casi eterno. El dolor de la canción se fue filtrando hasta las entrañas de la tierra hasta alcanzar a la semilla y dar origen a nuevos árboles frutales. Los árboles reían y sus frutos también, eran como nuevos trinos de graciosos pífanos danzarines de esos que ríen al salir el sol y al despuntar el alba. En las profundidades de la tierra todo era horror y miseria, tristes lamentos y canciones hurañas. La sangre corría y los perros aullaban. Hubo una vez un tiempo en que los arboles crecieron hasta las nubes y sus frutos eran comidos por las aves que volaban a las alturas más inimaginables, dichas aves descansaban después sobre las manos del sol y ponían allí sus huevos y volvían  a la tierra a saludar a los árboles felices. El triste lamento de una raíz  hizo que un día un ave descendiera con su pico hecho llamas, beso la tierra y la raíz emergió hacia el cielo, un perro se acercó a mirar el espectáculo de aquella raíz iluminada y el ave enojada, pues el perro era su enemigo, le asestó un picotazo en el cráneo y el perro huyó adolorido. La tristeza se apoderó del árbol ante el espectáculo de violencia, un fruto cayó y saludó a la melancolía de la escena, después huyó, huyó nuevamente hacia las alturas donde las nubes se reconciliaron con el amor de los nuevos cantos.

6. Caballos que se van.

Rosa roja que yaces en la vereda, ilumina con tu canto los pasos del viajero sórdido… La tierra se abre en dos y de ella emergen plantas salvajes; el fruto del sol es una caricia de las ramas a las nubes tiernas, el sol besa de repente a la oscuridad que yace sobre los pétalos de las flores más tristes. El llanto del aire es la bruma haciéndose pedazos, dejando entrever a una flor amarilla y dulce, el horizonte se abre en colores dorados y rojizos, las montañas se perfuman con colores de fuego y llamas iracundas pero no sucumben ni se vuelven cenizas, simplemente se visten de ese halo de amor y locura… Dos corceles bailaban una noche miraban las estrellas al compas de sus pasos, el río los mecía y agitaba sus melenas con su brisa indomable, las estrellas rugían esa noche en la que los caballos huyeron hacia el paraíso eterno que no existe. Quién sabe si habrán de volver los caballos a mirar el cielo , las estrellas y las nubes; quien sabe si volverán de la calma para danzar sobre el pasto, quien sabe si nos regalarán un suspiro o si morirán atrapados en la siniestra sombra de la fría llama.

7. Algo parecido a un blues.

Bailarina de fuego y vino, camina entre sombras para acallar al dolor de los árboles danzantes. La luz escasea, los perros bailan también en las aceras, bailan junto a los niños pobres y sus madres que piden monedas, bailan la danza de la miseria, el abandono y la desidia. Las lámparas sobre las calles inundan los espacios vacíos y más recónditos donde las cucarachas se esconden. El recuerdo del cielo que tengo en mi memoria, es de un cielo amarillo y tostado por las humaredas de los automóviles y las tractomulas. Ese cielo, ese cielo que no quiero recordar me abriga los pasos y me lleva hacia el centro de la ciudad moribunda. El cadáver de un árbol enojado que alguna vez escribió en las paredes es la semilla de los nuevos caminantes del asfalto y la selva.

8. Corazón herido.

Las máquinas devoran mi corazón herido que en silencio yace entre la montaña azulada. Las ramas de los árboles que abrazan a mi corazón herido se visten de júbilo y de fiesta pues su llanto estará ausente hasta el final de los días. Ya el silencio es baile, danza y dicha; ya el baile es locura delirio y poesía sin sentido, como estas palabras vacías e inoficiosas que no son más que el lamento de mi corazón herido… En una vorágine descansa mi corazón, pues ya es del caos y de la noche, las lámparas bañan sus pasos insaciables como una ruta descalza de pájaros abatidos. Los pies del silencio bailan, bailan sin sentir el espesor de la selva. Las aves vuelan alrededor de mi corazón sin sueños y lo llevan hacia el cielo para ve a las nubes deshacerse con el suspiro del aire… El llanto de las nubes, danza siniestra entre lápices que dibujan calaveras sin ojos, son esas calaveras que bailan con los pies descalzos de tanto haber bailado en las décadas pasadas. Más ahora los perros traerán consigo una dichosa caricia para que el sol brille de nuevo y las estrellas en su sórdido lamento dejarán un rastro de desvaríos, alucinaciones y cuchillas disfrazadas, la locura yace en el rostro de los amantes enamorados, el futuro es incierto, la danza del mañana es un cauce de río sin agua… El llanto blasfemo, la risa sin cruces, la biblia hecha pedazos, todos iremos al infierno; pero el sol alumbra hoy y la danza es gloria, gloria en las alturas, gloria en el pasto cual sonrisa veraniega de la flor amarilla.

9. Sombras.

Ríen junto al olvido en una danza maldita y destrozada, las aves que vuelan desde el infierno a la tierra, su cuerpo hecho sombra va por los aires provocando tragedias y muerte, ellas danzan alrededor de las hogueras y acompañan a los solitarios que interpretan sus notas. Las palmeras las vieron un día y las saludaron y les dieron un abrazo fraterno, pero ellas huyeron nuevamente hacia el averno a reencontrase con el olvido, con la memoria, con la noche y con el día. El paso de las horas, el paso de la brisa, todo quedo en su cuerpo cansado, en el cuerpo de aquella sombra danzarina que tocaba las nubes con su pico helado... El llanto del aire es ahora la brisa veraniega.

10. La historia del río.

El llanto del valle verde y vacío se transformó en río un día, bajó desde los ojos de una mujer que lloraba y fue a dar a ese encuentro con la tierra. El dolor de aquella doncella provino desde los ojos y las alas de un cuervo amarillo, un cuervo que volaba desde la espesura de la jungla hacia los arreboles más hermosos y cariñosos que nunca jamás se volvieron a ver. El dolor del cuervo amarillo era como la brisa, pero era un dolor desnudo y siniestro, como una bruja hecha calavera y hueso bailando bajo la lluvia en una noche de luna llena. Ahora el río va sucio contaminado y maldito, casi condenado a la muerte. Ya la doncella no llora por él y el cuervo no punza el corazón de la mujer que yace en silencio.